sábado, 11 de enero de 2014

Yo siempre amé tu locura (cuento corto)

La cena estuvo bien. Bien o mal son dos palabras que pronuncio desde hace 8 años con frecuencia después de cada evento y encuentro entre tú y yo, aunque admito que desde que vivimos juntos hace 6 años he aplazado la calificación, ya no la separo por hechos, ahora prefiero levantarme al desayuno y aunque casi siempre termine en un "estuvo mal",  me entrego a las probabilidades de que algo "esté bien" contigo. Entonces califico al día cuando llega la noche, sólo puedo dar la calificación, decirme que "estuvo bien" o "estuvo mal" cuando has dejado la peinilla en el velador,  tu respiración se ha hecho profunda, tus brazos me han soltado y estoy seguro de que te has quedado dormida. 

Tomamos dos botellas de vino con la cena, poco para nuestro promedio, poco para un viernes en la noche, salimos apurados del restaurante porque hubo un momento donde todo "estuvo bien", sólo nos miramos, nos besamos, yo miré tu boca y recordé la fascinación que tuve cuando te conocí, hablabas poco, pero cuando lo hacías no dejaba de imaginarme que alguien jalaba todo el tiempo de tus labios con un hilo transparente, mágico, tienes una forma de mover la boca que hace que cada palabra parezca que será un beso, aunque tus ojos verdes quieran asesinarme cada diez minutos, aproximadamente. 

De camino al metro todo parecía "estar bien", hacía frío y te pusiste tu gorro, yo miraba al piso y sonreía, me sonreía a mí mismo porque la calificación se adelantaba contigo despierta, todo iba a "estar bien" antes de que terminara el día. Me mirabas, sonreías, sabíamos que íbamos a hacer el amor, que la noche sólo servía para eso, me tomaste de la mano...después de años tenía tu mano atrapada en la mía mientras cruzábamos las líneas del concreto mojado, yo estaba feliz como sólo puedo estar feliz contigo; con un profundo miedo de que en cualquier segundo todo "esté mal".

Sentados en el metro conversábamos de nada, de esas cosas que nunca me acuerdo después, pero son las que me dejan mirarte cuando hay calma, cuando no te hundes, no nos destruyes. Me comentabas algo del restaurante, yo sólo sonreía y afirmaba con la cabeza, mi alegría me ponía estúpido, íbamos a hacer el amor después de tanto tiempo. Y sucedió lo que sucede, esas milésimas de segundo que me entregan la certeza de que frente a tu locura, yo soy nada, nadie. Te sacaste el gorro y tu cabello delgado se apoderó de las miradas del vagón cuando vieron una peinilla en tu mano y empezaste. Empezaste a peinar las puntas, del lado izquierdo, del lado derecho, de atrás, luego desde la raíz, lo mismo; lado izquierdo, lado derecho, atrás, al llegar a las puntas parece que te vas a romper el pelo y cada dos o tres pasos de la peinilla por tu cabeza, agarras los cabellos que se quedaron abandonados en el peine, los tomas con tu mano, los miras como si fueses a encontrar ahí la verdad, pero te rindes y  los sueltas al piso. Así empieza tu rutina. Cepillas tu pelo una y otra vez, ya no me hablas, ya no me miras, sólo la gente me mira, yo agacho la cabeza, todo me da vergüenza, pero más vergüenza me da amarte, no poder dejarte. 

Trato de identificar a quién le da miedo tu cepillado voraz, a quien le da asco ver que durante diez minutos sólo se ha hecho más intenso, más fuerte. Miro los rostros de los otros habitantes del vagón en el reflejo de la ventana, un joven se ríe disimuladamente y una chica te mira perpleja, como tratando de entender por qué no paras si ya estás peinada, y lo peor viene después, cuando todos me miran a mí, a mi cara de pena, de no saber qué hacer cuando sólo quiero arrancarte la peinilla de una vez y arrancarte el cabello también, dejarte calva, dejarte sin fuerzas. Pero no puedo y ellos no entienden ni entenderán que volveré a la casa, sabré que todo "estuvo mal", no haremos el amor porque al llegar permanecerás al menos treinta minutos más cepillándote la vida, el vino habrá hecho efecto y aceptaré que tengo sueño y que algo de esperanza no claudica en mí, espero aún la calificación del otro día, no dejo de esperar, a ver si cambia, sí, a ver si cambia la calificación porque yo, yo siempre amé tu locura. 


jueves, 19 de diciembre de 2013

Extraño

"Cómo me cuesta quererte, me cuesta perderte, me cuesta olvidar, el olor de la tierra mojada, la brisa del mar..."
Patria nada, patria yo, no te necesito, pero te quiero.









domingo, 1 de diciembre de 2013

traducirse en actos

¿Cómo y cuándo soy más que palabras, más que pensamientos? Cuando llegan mis actos, cuando de mis palabras y pensamientos algo entra en el orden de lo real.

Actos  de una vida desordenada que sólo se ordenan por la definición arbitraria del orden cronológico que proporciona eso que llamamos tiempo. Pasado-presente-futuro.

Uno tras otro cuentan mi historia, como un castillo de naipes, como si colocar el próximo fuese lo más importante, como si el que tengo ahora fuese sólo un pretexto para el que vendrá,  el último como la consecuencia más esperada, el resultado de la suma de los demás.

Derribo mi castillo, me pregunto de nuevo, me digo, me pienso, me hago y escribo otra vez. Me quedo con naipes por el piso, pequeños actos, no quiero más castillos, quiero querer esto, un tiempo lógico más que cronológico,  pasado, presente y futuro más míos y más libres de mí.

Existencialismo absurdo y ridículo, desahogo, domingo






martes, 8 de octubre de 2013

Miedo

Miedo,
de perderlo todo, aunque no tengo nada
de lanzarme al vacío y matar mi pasado
de mirarme de verdad, sin adornos ni supuestos fans
de inventarme una vida que no sabía que existía, pero que sabía que llegaría
miedo de que nada vuelva a ser igual




Miedo,
miedo de nada porque esta vez no sé qué pasará
miedo de dejar mis veredas, de no volver nunca más
miedo de la muerte porque amo esta vida
Miedo yo, miedo nada.



domingo, 29 de septiembre de 2013

miércoles, 25 de septiembre de 2013

verde condensado

Existen días en la memoria de mi infancia que los llevo guardados como un collage de fotos, no existe un cuento para contar, son sólo ruidos, gritos de alegría, silencios y paisajes sin nombre.

Un día fuimos al campo, todos fuimos,  los tíos, la abuela, mis primos, sus otros abuelos, sus otros primos. Como bien dice mi hermano, yo nunca hablaba. Hubo una edad donde reconozco haberme quedado callada, haberme vuelto una observadora, una niña pasiva,  ejemplo de eso que llaman latencia.

De ese día llevo escenas de alegría, fotos de nosotros corriendo, jóvenes y adultos armando cometas para lo niños. Dejaríamos volar sus esqueletitos por un cielo azul gracias a los vientos abrazadores que pegan fuerte en el verano de mi sierra. Mi cometa era verde, pero mis manos eran inútiles para dominarla y decidí que mi primo Cali, quien era ya un adulto debía mostrarme cómo hacerla volar, así que fui a sentarme al lado de mi madre para ver como él la levantaba del césped y la colocaba sobre la montaña.

Fui una observadora una vez más, no volví a tocar la cometa durante esa tarde, no quise y fue un desprendimiento feliz, sentada al lado de mi madre la vi libre con  su papel crepé verde limón en el cielo andino, su piola  extendida hasta lo que daba el precio de la tiendita del pueblo. Mi madre con sus brazos fuertes sacó comida, preparaba todo como magia, las papas se hacían sopas, los panes se hacían sánduches y cosas que a mí siempre me parecieron incomprensibles, creaciones de otro mundo.

Con los estómagos llenos y las cometas aún en el cielo mi mamá sacó unas latitas, creo que fue la primera vez que las veía y en correspondencia con lo rudimentario del viaje,  con piedra y cuchillo en mano ella abrió la primera lata y me la dio. No recuerdo que me haya dado una instrucción, yo sólo supe que había que usar el dedo índice, meterlo en ese líquido espeso y llevárselo finalmente a la boca. Era dulce, dulce, era algo así como lo mejor de la vida, se llamaba leche condensada.

Las latas desaparecieron en los dedos de los tíos, los primos, los abuelos, esa familia que la vida me ha dado tan pegada a los azúcares, que apenas sale uno al escenario lo devoramos, como aferrándonos a vivir, sobreponiéndonos de las visitas que nos ha hecho la muerte. Una latita rodó por el césped y sin que nadie me viera la llevé hasta mi bolsillo, luego la llevé de regreso hasta el carro grande de mi tío Hugo donde uno se podía acostar para soñar en cometas hechas de latitas y verdes condensados.

Imagen: "Summer daydream"- Jodi Perry

martes, 17 de septiembre de 2013

cuando se acabó el verano


Hoy hace 31 años  se acabó el verano, como se acaba hoy en Paris, se acabó el verano en la calle Falconí. El papá se fue al trabajo, unos habían ido al cine con la mamá, otros a sus trabajos de vacaciones, la hermana mayor con la chiquita en brazos, era un día como otros, como esos que no pretenden ser imborrables, pero este 17 de septiembre se quedó, se quedó en la memoria, en el vacío, tú ya no estabas y nosotros ya no estábamos contigo. El cuerpo nos atrapa y tu cuerpo se quedó atrapado en el humo,  nosotros te perdimos, sólo quedó tu cuerpo.

El verano se acabó, pero el verano siempre vuelve. Sé que algo de tí hará que siempre, siempre, vuelva el verano.

Buenas noches.