jueves, 20 de noviembre de 2014

Primer recuerdo de un colegio de monjas

Tenía 5 años y medio cuando conocí a Macarena, éramos compañeras del “kínder 1” en un colegio para niñas, un colegio de monjas. Yo no sabía su nombre, ni el de ninguna de mis compañeras, sólo el de Beatriz, la niña que pegaba  a todas menos a mí, tal vez porque yo era de las más altas de la clase, o tal vez porque supe leer de inmediato su ritual para elegir a sus víctimas. En el inicio de cualquier actividad escolar, Beatriz buscaba a la más concentrada, a la que tenía su mirada pegada al pupitre, a esa, a la más aplicada, le jalaba de los pelos hasta botarla al piso con todo y silla. Era cuestión de segundos tener a la  víctima llorando desorientada por el golpe y a la  profesora consolándola mientras con voz firme mandaba a sentar a la pegadora. La victimaria regresaba a su puesto y recibía de mi parte una mirada de reproche sin piedad hasta que me bajara su mirada llena de rabia, o de dolor. Pasados los segundos mis ojos ya no le reprochaban nada, tal vez yo quería llorar con ella, al fin y al cabo sabía que ninguna de las dos quería estar ahí, pero ella miraba a otro lado y antes de solidarizarme con su dolor me conformaba con saber que me había salvado de su ira y retomaba con calma los colores del pupitre.

Había otra niña, ya olvidé su nombre, llevaba sus muñecas aunque estuviera prohibido por las monjas, no jugaba con ellas, sólo te mostraba que eran suyas y no tuyas. Un lunes, cuando le dije que yo tenía una muñeca igualita a la que tenía en sus brazos, pero que la mía tenía vestido rosado y no amarillo, ella rompió en llanto, se lanzó a la tierra del patio y tomando fuerzas subió con su muñeca a lo más alto de la resbaladera mientras llamaba a gritos a su grupo de amigas para acusarme de mentirosa, dijo que eso era imposible, que esas muñecas sólo venían con vestido amarillo, que su papá le había jurado eso y que yo estaba mintiendo. Por segundos tuve el pequeño gusto de pensar que mi mamá le había arrebatado al padre de la niña odiosa la última muñeca de vestido rosado para mí, pero mi gloria duró poco al ver que el séquito de niñas obedeció a la tirana mirándome y señalándome con el desprecio de sus delantales blancos y sus dedos pequeños. Al otro lado del patio, solitaria como yo, Beatriz se reía a gritos de mi desgracia.

Apenas pasaron un par de semanas, encontré un placer infinito en el kinder; el silencio en el aula después de que todas las niñas salían desaforadas al recreo. Yo era feliz en el silencio, yo era feliz en la soledad, yo era feliz con el papel y los colores frente a mí, yo era feliz con mi platanada dulce y no me hacía falta comer nada más. Mi profesora me miraba con sus ojos buenos, verdes como el único pedazo de césped que le quedaba a ese colegio que había borrado todos sus árboles para construir más aulas, para encerrar más niñas. La “miss” me decía que salga al recreo, yo no le respondía, sólo le sonreía y pintaba, dibujaba sin parar hasta que un día vino la Macarena y creo que mi vida cambió para siempre, creo que algo quedó atrás. Vino con su risa que le llenaba la cara, con sus fuerzas provenientes de todo lo que ella sí comía de su lonchera y yo no. Me dijo; “hola, soy Macarena, vamos Dani a jugar, ven.” Su voz tenía algo de ternura, pero sobre todo tenía algo de inmensa alegría para mí, ella había pronunciado mi nombre, se había dado cuenta de que existía y no venía ni a lastimarme.

Salí a jugar con ella con algo de miedo y no duré más de diez minutos compartiendo el patio, pero ella no se enojó, siguió riendo y aprendió rápido mis hábitos de solitaria. En todos los recreos me jaló del brazo y en todos me dejó partir en el momento que yo quisiera. La profesora aprendió a poner seguro en la clase para que no vuelva a mi silencio y las otras niñas se acostumbraron a verme contar  las baldosas del edificio, recorrer con mi dedo una por una, pasar mi uña por cada una de sus uniones y de repente llorar mientras contaba hasta diez una y mil veces porque sentía que no pertenecía a ese lugar, que algo me había sido arrebatado. Supongo que me arrebataron de mi madre, o de la tía Lucy, la profe de la guardería mixta donde estuve antes de llegar al colegio de monjas y donde viví los momentos más bellos de mi infancia; ahí no había un dios castigador al que hay que pedirle un perdón que nunca llega, no había vírgenes y santos mirándote siempre con cara de pena.



Macarena se reía, tenía una hermana grande que venía a ver quién nos molestaba, tenía una casa cerca de la mía, una mamá de ojos grandes con un novio bueno, un hermano pequeño, un primo pintor, otro cantante y un papá en Europa.  Con Macarena aprendí a reírme y a lanzarme de la resbaladera sin miedo, a darme cuenta que el lodo que pisábamos al aterrizar después del salto era eso, sólo lodo, y que los zapatos se podían limpiar después.


Cuando el kínder terminó, la profesora me abrazó y entregó a mi mamá la libreta de calificaciones. La “miss” me felicitó, me dijo que todas mis materias eran “sobresalientes” y que me iba a extrañar, al final le hizo un gesto de cariño y algo de ternura a mi madre. Durante mi adolescencia encontré de nuevo esa libreta y entendí el gesto cuando leí la sección de observaciones: “Daniela es una alumna excelente, pero debe ayudarle a superar su timidez”. Cuando leí la palabra timidez pensé en la Maca,  en que a pesar de que ya no siguió siendo mi compañera toda la primaria, cada vez que la veía o escuchaba su risa en los recreos, sabía que a ella le deberé siempre algo que ella no sabrá que le debo. A Macarena le debo el  haber sido esa mano que te jala al vacío, que te dice que la vida puede ser una mierda, pero también puede ser increíble, no sabes lo que te toca, pero hay que salir a averiguar, hay que salir y hacerse una vida, la que sea.

martes, 18 de noviembre de 2014

sábado, 11 de octubre de 2014

Miradas óseas

Un paseo por el metro de Paris. Que le guste o se maree.

http://lapalabrabierta.blogspot.fr/2014/10/miradas-oseas.html

miércoles, 1 de octubre de 2014

Interpretaciones de Paris. Mi primera colaboración con "La Palabra Abierta"

http://lapalabrabierta.blogspot.fr/2014/09/los-muertos-de-paris.html

sábado, 12 de julio de 2014

La Maga


Trece o catorce años no eran suficientes para leer Rayuela de Cortázar. Abandoné el libro de pasta negra, pequeño y gordo y desde ese momento cambió siempre de lugar en la casa de mi madre. Mudaba de librero, era vagabundo de todos los veladores, intruso de la sala y sus muebles Luis XV ecuatorianos, heredados de mis bisabuelos y su orgullo de creer que eran blancos y nobles en medio de los Andes. Los bordes de la pasta fueron cediendo a la fuerza de tantos dedos que intentaron descifrar todo posible orden de lectura. Abandono y deseo: ese libro como cosa que transita la casa de la infancia es el reflejo de ese juego infinito, se lo quiere, se lo abandona entre saltos de un espacio a otro y donde no sabemos al final dónde queda el adelante, dónde queda el atrás, dónde queda el cielo.

La Maga y yo realmente nos conocimos en Paris, después de más de quince años, cuando yo me había dado cuenta de mi torpeza para vivir. El amor oculto y lleno de defensas de Oliveira me descubrió a mí también, él supo que mi hora era la noche, que no entendía nada y que quería entenderlo todo. En mis abandonos, en mis miedos, en mi fuerza, en mis mentiras que se hicieron verdad, en mi risa atrasada la vi a ella también, hablando de su Montevideo como yo ando hablando de mi Quito, y cuidando al hijo que a ella se le murió y a mí aún no me nace.

Todavía no termino de leer Rayuela, Oliveira piensa que la Maga se ahogó pero alucina con ella. Yo quiero volver a verla, pero sé que en realidad es a él a quién quiero volver a ver, a él amándola para siempre, a él que me descubrió también en Paris.








Foto: R.L.T.

domingo, 23 de marzo de 2014

La vida no abandona

Tengo una fascinación por los lugares abandonados
Fascinación ordinaria como el gusto por el color azul, pero fascinación al fin y al cabo

He entrado a edificios, casas, oficinas, espacios congelados en un instante que no perdona, el del abandono. La vida se les fue y no queda más que un registro pálido y descascarado, signo indudable de que ahí un día alguien respiró.

(A los 13 años entramos a una playa virgen, adolescentes sin miedo a nada, corriendo como caballos en guerra y al pasar la humedad del palmar, apareció encallado frente a nosotros un barco chino abandonado, incrustado de proa y con su popa elevada hasta el flotar de unos pájaros carroñeros. Inmutados frente a su presencia desgarradora, no pude hacer más que tragar mis lágrimas, sin querer asumir que su abandono clamaba por un ritual, un reconocimiento por lo que un día fue; transporte de almas marinas y tiburones desmembrados).

Que intensa puede ser la vida de los humanos que por más inertes que sean los materiales de los que están hechos nuestros techos, nuestras paredes y embarcaciones, ellos se mantienen de pie con nuestra presencia, ellos crecen. Les damos color, los limpiamos, los recorremos, a veces les ponemos hasta nombre y  se van llenando de gérmenes de nuestra respiración, restos de nuestros fluidos y células muertas que les impregnan olores particulares; la casa de uno no huele igual a la casa de otro. Nuestras historias son la sangre de estos territorios que hemos inventado para encerrar la vida con el afán de expandir sus planes ridículos de inmortalidad.

Y un día partimos, cerramos la puerta, botamos la llave, salimos corriendo, salimos llorando, a otra vida mejor, salimos, nos fuimos, nos morimos, y el piso y la puerta comparten el trazo del sol que se coló cada vez que alguien partió, cada vez que alguien regresó. El piso no mirará nunca más la otra cara de la puerta, y la puerta dará la espalda a la vida de adentro, esperando que la vuelvan a abrir, que la tomen de la mano para hacer girar sus entrañas. La ventana ya no tiene nada que decirle a la cortina porque la luz y los reflejos ya no tocan a nadie, nadie las toca.

Mi fascinación no es por el abandono, sino por la fuerza brutal de la vida, su paso nunca invisible, su paso siempre importante. Mi fascinación es la pregunta por todo lo que le impregna la vida a las cosas y no poder alcanzar jamás a descifrar cuánto en realidad nos impregnamos unos a otros cuando mezclamos respiración, fluidos y células muertas en nombre de todas las células vivas que vendrán.

*Imagen "Ruins of Detroit" -Yves Marchand & Romain Meffre


sábado, 1 de febrero de 2014

Mujer bicolor

Ella tiene las uñas de dos colores; el primero es el color desgastado del trabajo y el otro es el rosado que le quedó desde la última vez que se dio tiempo para arreglarse. 

Ella tiene los ojos de dos colores; el uno es café como el líquido que pone en su taza desportillada todas las mañanas, como la única certeza que tendrá en el día, el otro ojo es café también, pero hoy está rodeado de un azul-verde producto del golpe que hace días le propiciara su amante, su compañera de calle, el hombre al que quiso quitarle su celular o su padre. 

Sus zapatos son de dos colores, un gris pintado por el tiempo que le ha tomado recorrer París y todas las líneas de su metro y todas las calles de su historia en búsqueda de eso que dicen es un porvenir, mezclado con el rosado de sus cordones tan parecido al rosado sobreviviente de sus uñas. 

La bandera de esta niña-mujer no sé cuántos colores tiene, ni sé si tiene bandera, no sé siquiera si a ella le interesa contarlos ni reconocerlos mientras pinta su mirada triste y abandonada en el verde-blanco de los vagones de este tren que nos abraza a las dos durante un gris invierno de un Enero que se llevó las esperanzas naranja - violeta pintadas en el sombrero de la otra mujer, que sentada al lado mío mira con sospecha el ojo verde-azul que no combina con su vida rosada, que no combina en realidad con ninguna vida.